Entrevistas

Entrevista a Ana Rodríguez Sánchez-Archidona

1. Escribes contra la presión por producir, pero en un par de años has producido tres poemarios, fábulas y una novela en revisión. ¿Cómo se lleva esa contradicción? ¿Escribes sin permiso o con la misma exigencia que denuncias?

La contradicción no la siento tanto como contradicción, sino como la pregunta que falta antes: ¿y si no hay opción de no producir? Yo me crié en un barrio obrero a las afueras de Madrid (de un Madrid que ya no está en las afueras, pero cuando yo era niña desde mi ventana se veía la sierra), y ahí aprendes pronto que el esfuerzo no es una virtud, es la condición para seguir (viviendo, creciendo, progresando…). Llevo toda la vida esforzándome al máximo, y en algún momento te das cuenta de que, por mucho que lo hagas, sigues teniendo que seguir esforzándote al máximo, porque si no, no llegas: no hay dinero para pagar el alquiler, etc. Eso produce mucha rabia y mucha frustración. De ahí nació «Rendimiento (instrucciones de uso)», el poema que abre el libro. Y diría que escribir es de las pocas partes del día que hago sin permiso de nadie y que no se siente como producir, sino como una forma de liberación.

2. Catorce años, un paréntesis largo y vuelta. La Ana que subía textos cómicos a Facebook para sus amigos, ¿Qué diferencias ves entre la escritora que fuiste y la que estás construyendo ahora?

Antes escribía sobre todo para los demás, para compartir algo con ellos y reírnos juntos; era casi una forma de socializar. Ahora es mucho más personal. Hablo de temas más espinosos, desde una frustración, una tristeza y una rabia que antes no había mostrado, o no me había atrevido a mostrar.

3. Si el mundo no estaba hecho para detenerse, ¿qué le pasa a una mujer que se detiene? ¿Para ti detenerse es una elección posible o un lujo?

Detenerse a veces sí es un lujo: hay quien se lo puede permitir y quien no, depende del dinero, del tiempo, de quién tengas alrededor. Pero hay otra cosa que ni siquiera es un lujo ni una elección, porque directamente no se puede elegir: envejecer. Y sin embargo hoy parece que tampoco se puede hacer eso con libertad, ni en el aspecto físico, ni en el sentido de simplemente empezar a darte más tiempo a ti misma. Así que no sé si la pregunta es si detenerse es un lujo o una elección. La pregunta es qué pasa cuando ni siquiera lo que no se elige, como envejecer, se te permite hacer en paz.

4. ¿Cuándo y dónde escribes realmente — huecos sueltos, o te has peleado por un espacio/tiempo propio?

La verdad es que en huecos sueltos. No tengo un espacio propio por el que haya peleado, ni una rutina. Escribo cuando tengo mucha necesidad de hacerlo (ya sea por soltar o por ideas que se acumulan), y entonces saco el hueco de donde sea.

5. ¿Los títulos te llegan antes del libro o después de terminarlo? El mundo no estaba hecho para detenerse suena a frase que alguien dijo un día y no se te quitó de la cabeza. ¿Fue así?

Me llegó después. Salió de algunos poemas que ya tenía escritos, que acabaron en las dos primeras partes del libro: «Instrucciones para existir» y «El peso que nadie nombra». A partir de ahí empezaron a surgir ideas para los demás poemas de esas dos secciones. La tercera parte, «Lo que se rompe y lo que queda», es distinta: ahí incluí poemas que ya había escrito antes, sin tener el concepto del libro en la cabeza, pero que funcionaban como contrapunto: vivencias personales ligadas a la maternidad, a la salud, a la sociedad patriarcal, que en el fondo también nacen de ese mismo estado de rendimiento constante. 

6. Dime un verso que escribieras riéndote y otro llorando. ¿Crees que el lector acierta cuál es cuál?

El que escribí riéndome es de «Manual de productividad para cuerpos reemplazables»: «Los compañeros aparecen como fenómenos atmosféricos: algunos soleados, otros neutros, algunos tormenta con firma en el correo.» Me hizo gracia mientras lo escribía, y me la sigue haciendo cada vez que lo releo.

El que escribí llorando es de «Corazón en guardia»: «Entonces llora, y su llanto rompe algo en mí.»

Yo creo que son bastante obvios, la verdad 🙂 

7. Estás reescribiendo a fondo la novela de hace catorce años. Si aquella Ana viera hoy su manuscrito lleno de tachones, ¿qué diría? 

Creo que estaría contenta. Sobre todo por la experiencia y la seguridad que he ido ganando escribiendo. Algo que empezó casi sin peso, como un hobby (aunque fuera en una etapa triste de mi vida), se ha convertido hoy en una pasión, en algo que de verdad me ayuda y me llena al mismo tiempo. 

8. Publicas en Amazon, donde mandan los rankings, las reseñas y la visibilidad. ¿Cómo se publica un libro contra la prisa sin entrar en la prisa?

Publicando despacio, literalmente. Este libro lo he maquetado yo misma, poema a poema, sin perseguir una fecha de lanzamiento ni un algoritmo. Amazon impone sus reglas de visibilidad, pero nadie me obliga a perseguirlas. Publicar fuera de la prisa también significa no medir el valor de lo que escribo por cómo le vaya durante los primeros días.

9. Poesía, fábulas y novela. ¿Qué te da cada género?

Cada uno me pide algo distinto. La poesía es lo más inmediato, lo que quiero sacar sin retenerlo cuando algo necesita salir. Con las fábulas tiendo a poner más distancia, introducir algo de juego, disfrazar lo que quiero decir dentro de una historia con moraleja. Y la novela es resistencia: sostener unas ideas a lo largo de todas sus páginas, volver sobre ellas, desarrollarlas y no soltarlas hasta el final.

10. Estamos en octubre, ¿nos podrías recomendar un poemario para el otoño? ¿Y otro libro, de cualquier género, que hable de la maternidad sin edulcorarla?

Para el otoño recomendaría Canto jo i la muntanya balla («Canto yo y la montaña baila»), de Irene Solà. No sé si es un libro «de otoño» en sentido estricto, pero a mí me lo recuerda siempre: tiene algo de esa luz y esa quietud propias del cambio de estación. No es un poemario, sino una novela, aunque está escrita con una prosa muy poética.

Y sobre maternidad sin edulcorar, recomendaría Una palabra tuya, de Elvira Lindo. No es un libro «sobre maternidad» en el sentido convencional, pero toca su cara más oscura: el deseo frustrado de ser madre, la pérdida, la incapacidad de soltar, sin ninguna condescendencia ni consuelo fácil.

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