Imágenes en movimiento

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Hace más de 100 años que anonadados espectadores vieron imágenes en movimiento. Pese a que sólo fuera un tren, la salida de una iglesia o alguna vacuidad circunstancial parecida, la imagen se movía. Antes de la existencia de salas de cine, la imagen en movimiento se exhibía en circos y demás atracciones de bajo nivel cultural. El cine, aunque fuera solamente el movimiento de un tren, se había hecho popular. ¿Qué tenía de artístico la llegada de un tren o la salida de una iglesia? El cine no fue concebido como un arte, se ideó como una evolución de la tecnología, y no se supo hacia dónde dirigirla hasta que artistas de teatro tales como Georges Melié decidieron que era el modo ideal de intentar expresar arte y entretenimiento. En Europa, de manera paulatina, se fue concibiendo la imagen en movimiento como una forma de expresión artística fuera de populismos y fuera de salas llenas. Los cortometrajes de Luis Buñuel, los movimientos alemanes que dieron a la luz títulos como el “Gabinete del doctor Caligari”. El cine se había convertido en una forma de expresión compleja, se había convertido en arte. Un arte tan hermoso y comprensible (aunque le faltaran las palabras), que estaba al alcance del público. Que fuera mudo y a veces se acompañara con el sonido de un piano en directo resultaba un experimento que poco a poco fue llegando, incluso a los estratos sociales de cultura más humilde. Podía llegar incluso a los estratos más analfabetos, ya que el uso de las palabras se limitaba a los intertítulos que no eran totalmente definitorios del discurso narrativo de la historia. Pero no fueron los europeos los que hicieron del cine lo que es hoy en día.

Es bastante curioso cómo en sus comienzos, gracias a vertientes artísticas europeas, el cine era una forma más de expresarse artísticamente. No se imaginaba concebido para populismos como el vodevil, se suponía una vía para llevar el arte a todos los estratos sociales. Al fin y al cabo, cuanto más grandes eran las salas, más se iban abaratando ciertas zonas del cine de peor visibilidad. Todo esto llevó a un precio asumible en ciertas entradas y a una democratización del arte.

Hace 100 años, aproximadamente, vivía Griffith, el inventor del cine moderno. ¿Por qué le denomino inventor del cine moderno? Fácil, desde Estados Unidos, que se había centrado en comedia, Griffith tuvo una osada idea que casi llevó a la ruina a la mayor productora de la época. Llegó a tanto su osadía que rompió con la idea del momento de la duración de las películas, llevándolas al extremo de casi 3 horas. Como dato, hay que indicar que las películas en aquella época eran cortas, principalmente por dos motivos: la creencia de que el público no estaba preparado para obras de metraje más largo y por la precariedad de las cintas que se proyectaban, que con un uso más duradero incluso alguna podía salir ardiendo. Tras casi llevar a la ruina a la productora y tener que pelearse con las salas de cine que gritaron a los vientos que con una película tan larga perderían dinero, Griffith ganó. Tras conseguir paliar todos los problemas de camino, vio la luz la primera superproducción taquillera “El nacimiento de una nación”. Los cines se llenaron, la película era vibrante, empatizaba con el espectador, y no le dejaba respirar ni un minuto de las 3 horas que duraba. Fue un éxito. Desde Europa fue muy criticada por su contenido racista y vacuo, por la búsqueda de la aventura por la aventura, sin un trasfondo artístico o de superioridad ética. Pero Hollywood, que aún no era Hollywood, se frotó las manos y vio el nacimiento de un nuevo cine, de una nueva forma de hacer cine. Poco a poco un nuevo cambio de ideas llevó a la cinematografía a cierta dinamización. Pero Griffith, más allá de ser un director que sabía de marketing, no supo ser apreciado.

Hoy en día, casi únicamente los cinéfilos más audaces, esos capaces de ver cine mudo, conocen la obra de Griffith pese a que su nombre es un icono dentro de la historia del cine. Aún hoy, pese a su contenido racista y xenófobo, su cine suele ser considerado arte. Actualmente vivimos en una obvia crisis del cine. La mayor parte de las películas más taquilleras son rancias, vacías, remakes mal hechos faltos de cualquier mínimo atisbo de arte. Es más fácil encontrar mejores calidades en el mundo de las series, cosa bastante curiosa. Lo cual me lleva a pensar ¿la saga de Ironman, dentro de 100 años, será considerada arte, como hoy consideramos arte a “El nacimiento de una nación”?

Eráse una vez la infancia prometida

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Hace unos días vi como Twitter se incendiaba en mi país por una entrevista al músico James Rhodes, donde hablaba sobre abusos e infancia. Vi cómo se incendiaba Twitter llevándose las manos a la cabeza como si para la globalidad de las personas existentes en este planeta la infancia fuera sagrada. La infancia nunca ha sido sagrada, es una quimera, una utopía. No hace falta irse al tercer mundo o a un refugiado sirio para verlo. En el primer mundo donde nos llevamos las manos a la cabeza siguen existiendo abusos. En el más rotundo silencio de sus casas o quizá incluso fuera de ellas, pero todo lo que pensamos sobre la infancia no es real al cien por cien.

Lo que me lleva a pensar, ¿cuándo comenzó la infancia?

Sin caer en la demagogia me pregunto: ¿Tiene sentido el concepto infancia para los ex niños soldados, para los trabajadores de la confección en países como India, etc.? ¿Dónde empieza y dónde acaba el concepto infancia y su sobreprotección?

Hace 100 ó 200 años en los países desarrollados las familias tenían todos los hijos posibles en pos de que algunos sobrevivieran y llegaran a ser adultos. Dependiendo del escalafón social al que se perteneciese en cuanto estos infantes tenían autonomía, tenían la obligación de aportar al hogar. Obviamente su aportación al nido familiar era en forma de trabajo, bien para aumentar la producción de la familia o bien fuera de casa para aportar a la economía familiar. No hace falta irse a una novela de Dickens para observar que las concepciones actuales de infancia aún no se observaban, o quizá sí, pero en familias lo suficientemente adineradas para que la mano de obra de los más jóvenes (o la mano de obra en general) no fuera necesaria.

Los países desarrollados fuimos los primeros en inventarnos la infancia, cuando gracias a las mejores sociales y sanitarias de la mano de la tecnología, despertamos ante la obviedad de que cuantas más mejoras había, más vivíamos. La tecnología nos dio años y cierto poder sobre nuestra vida y nuestra salud, y entonces caímos y nos dimos cuenta que la forma en la que vivíamos y nos trataban los primeros años de nuestra vida era decisiva. Empezamos a mascullar en nuestras cabezas que igual era necesario proteger el futuro, y el futuro eran los nuevos nacidos, y supongo que fue así como poco a poco nos dimos cuenta que existía la infancia. Y fue así como paulatinamente fuimos protegiéndola con armaduras nuevas hasta llegar a la actualidad donde la sobreprotección ha llevado a algunos padres a la incoherencia de no vacunar a sus hijos.

La sobreprotección no existía, no se cuidaba su salud ni su educación, no eran prioridades. Situaciones de maltrato o abusos físicos, desde una cachetada, no eran anomalías. Pero hemos evolucionado y nos hemos inventado la infancia. La absoluta sobreprotección de los de más corta edad, porque sabemos que van a sobrevivir y por eso son menos, al ser menos y sobrevivir su cuidado como figurilla de cristal se ha ido haciendo poco a poco algo obligado. Tanto se nos ha introducido la idea a nivel cultural que los comportamientos que se salen de él nos resultan brutales, impropios de nuestra raza humana.

La infancia y la adolescencia son los momentos de nuestra vida en los que nos formamos, se instauran las bases de lo que seremos de adultos si todo sale bien. Un cisma en esos años, un acto violento o abrupto o la perpetuidad de soportar unos abusos hacen que esos niños no tengan infancia como la entendemos actualmente. Cuando por fin salgan del atolladero y descubran que lo que han tenido no es la infancia real, una puerta se les abre llena de aire fresco y a ellos les toca curarse de heridas, que tardan en comprender y que quizá nunca sanan. La infancia es frágil, cuando te das cuenta que tu infancia no era la que deberías haber tenido. Y esa sí es la cuestión. Contar a corazón abierto tus abusos de infancia sin infancia hará recordar a la suma de las personas que esto sucedía y a lo mejor se les pasa por la cabeza que aún sucede pero no cambia nada más. Pequeños apuntes para despertar a la población que en unos días se difuminan por otra noticia nueva. La vacuidad de la sociedad actual capaz de inventar una infancia que aún no existe en el 100% de los casos.

Ser o no ser abstemia. Novedad en Nuevo Diario

¿Por qué soy abstemia?

¿Nuestras costumbres culturales, nuestra memoria como grupo social favorecen la existencia de comportamientos como el consumo de alcohol? ¿Bebemos porque lo hacen los demás? ¿Por qué bebemos? y sobre todo ¿por qué algunos no bebemos?

 

Beber alcohol es una costumbre social muy arraigada en nuestras venas, suele ir acompañado en celebraciones, comidas, etc… Es más, cuando no consumes te suelen mirar con cara de:

  • ¡Ohh, he visto un extraterrestre!

Las costumbres se supone que son para seguirlas, las normalizamos y las adquirimos como parte de nuestra esencia y tradiciones personales. La tradición es (sin duda alguna) la mejor forma de perpetuar la cultura, no hablo de cultura de conocimiento sino de costumbres (nuestra historia)

La costumbre de beber no es una que quiera colaborar a perpetuar. No soy ninguna santa, tampoco voy en pos de imponer a nadie mis ideas proclamando ley seca, una vez incluso bebí, pero no me aportó nada. ¿Por qué se bebe? ¿Para sentirse bien? ¿Para animar la situación? ¿Por gusto? ¿Por sabor? ¿Por olvidar? ¿Por sentirse uno mismo gracias a la desinhibición? Probablemente, existan más razones pero para mí no son suficientes. Nunca he sentido la necesidad de ninguna sustancia para relajarme, y menos la necesidad de embriagar irremediablemente órganos de mi cuerpo que quedan tocados de por  vida. Mi cuerpo rechaza hasta el olor, el sabor… no es para mí.

 

Me gusta ser consciente de todo, no necesito dopajes para ser yo misma, hace mucho que me liberé de las ataduras y me limité a ser lo único que sé ser: yo. Olvidar, prefiero curar mis heridas con otros vendajes que realmente sanen. Enfrentarme a la realidad. Gusto….por mucho que el vino, cerveza y otros licores sean manjares para paladares… el mío nació sin posibilidad de comprender ciertas complejidades.

 

¿Por qué soy abstemia? Supongo que por algo tan sencillo como lógico, no me gusta.

 

¿Pero, por qué es más extraño que no te guste el alcohol que por ejemplo no te guste el atún? Sencillo, estamos tan acostumbrados que es más normal que un gusto alimentario. ¿De verdad en las sociedades occidentales estamos tan acostumbrados? ¿Qué separa a un bebedor social de un alcohólico? Los bebedores sociales, son aquellos que solo beben en reuniones o con gente. ¿Beber por ser aceptado en un grupo? ¿Tiene sentido esa dejadez por ser una oveja más, uno más de la tribu? ¿Acaso tu gente, la de verdad no te va a aceptar porque no bebas? Si fuera así ¿realmente es tu gente?

 

¿Qué separa un bebedor social de un alcohólico? Diariamente escucho vidas normales, personas que cada día como rutina se van de vinos o cervezas o que al llegar a casa tras un día duro se beben una cerveza. Además de todos los rituales de ocio nocturno los fines de semana, donde beber son obligatorio. Una cerveza cada día, alcohol los fines de semana (que se resume en sábados noches locos y domingos a la basura por la resaca)… y ¿de verdad no es alcoholismo? ¿Se esconde algo en tanto subterfugio social? La línea entre adición y normalidad a veces es realmente difusa. Tanto que comportamientos de rutina incorporan alcohol. ¿Dónde está realmente la separación?

Soy abstemia, porque también he visto los efectos que causa. Seamos sinceros, ¿alguna vez se han visto borrachos? Mírense y quizás vean lo que yo cuando miro a borrachos (amigos o no) Cuando veo borrachos, no me río de ellos ni nada que se parezca. Cierta tristeza y ternura se me encoje en el pecho mientras oigo como se lamentan y divagan sobre sus vidas, sobre ese hombre o mujer de su vida que dejaron ir, o ese jefe o profesor que les amarga la existencia. Para mí, desde mi punto de vista un sinsentido total, porque hay mil experiencias que relajan más, porque tenemos la necesidad de ser nosotros sin la niebla en nuestras mentes. Porque los problemas se solucionan tomando parte de ellos y no llenando un vaso de adorne cerebros.

Hay costumbres sociales que no pienso perpetuar, e ir cada fin de semana en busca de la botella será uno de ellos.